Tengo conocidos indignados por el triunfo de lo que ellos consideran que es un monstruo sin límites, que desayuna perritos untados en cráneos de recién nacidos. “Nos va a matar a todos”, dicen. Y eso no puedo saberlo. Lo que sí sé es que la elección fue un proceso que tiene bastantes rasgos de asimilación con lo que sucedió hace casi un año acá, en Argentina.
Hace un poco más de un año la idea de un MMufasa presidente parecía una broma. Una broma que se volvió realidad. Del mismo modo que acá tuvimos un candidato que no apasionaba, Hillary no apasiona. No apasiona a los que se oponen a su partido y tampoco a los que apoyaban a Bernie Sanders que ven en ella a una conservadora. Y tienen razón, porque todas las fichas del establishment estaban puestas en ella, los Rothschild, las grandes corporaciones, Wall Street puso las fichas en la mujer que garantizaba la continuidad del modelo. El modelo del imperialismo rescataperritos que llena las copas del 1% bombardeando medio oriente e interviniendo en América Latina mientras habla de los derechos de las mujeres y la diversidad en los foros progres del mundo. Garantizando que Apple y demás corporaciones produzcan en países donde las condiciones laborales llevan a que los empresarios pongan redes en las ventanas para evitar los suicidios. Eso tal vez no les importe a los estadounidenses de Detroit pero sí les importa ver que su estado está en quiebra y lo que supo ser un polo industrial importantísimo está abandonado mientras la clase media vive en carpas, comiendo de la caridad de la Iglesia. Es la misma mujer que apoyó el golpe en Honduras y en Paraguay. También la que se sacaba fotos haciendo la v con los marines horas después de haber bombardeado escuelas. Y la que habla de la inclusión mientras forma parte de un gobierno que deportó a 2 millones de inmigrantes cuya única esperanza de pertenecer es poner el culo en la línea en algún país de medio oriente vistiendo de verde. La candidata que se suponía que debía representar a quienes creen en los derechos humanos era una criminal de guerra.
Toda esta hipocresía la convierte en una pésima candidata para cualquiera, para los estadounidenses y para el resto del mundo porque la única forma de tragarla es con algo más peligroso enfrente. Enfrente Trump tenía el discurso del odio. Punto para él. El odio enciende, prende, se esparce cual molotov sobre patrullero para iluminar toda la cuadra. No hay nadie que no se apasione por Trump, a favor o en contra.
La imagen del EEUU copado y progre que tenemos desde Hollywood no se condice con el interior profundo donde las condiciones de vida son bastante más difíciles de lo que uno imaginaría desde acá, donde la segregación racial es todavía muy intensa y donde cuando va bien se siente poco pero cuando va mal se muere todo. Esas personas votaron la única esperanza que tenían, que era la de un Trump que promete que va a obligar a las multinacionales a volver a producir en el país, que va a poner impuestos más altos a los automóviles extranjeros, que dice que quiere salir de la OTAN (cuyo gasto militar combinado de todos los países miembros supera el 70 % del gasto militar mundial), y que se queja de que Estados Unidos mantenga la “seguridad” de Europa, acusando también a Obama de ser el creador/financiador de ISIS.
“Es la economía, estúpido”. La frase que llevó a Bill Clinton a la presidencia parece explicar la derrota de su esposa en 2016. Cuando no hay un horizonte de que las cosas mejoren mientras ves cómo todo se cae alrededor sos capaz de votar a un Trump que promete devolverte el sueño americano. Incluso si ese sueño te lo promete un xenófobo, un racista, un sexista como Trump. Ante la perspectiva más concreta de un país volviendo a producir autos para el mundo la promesa surrealista de construir un muro para que no entren mexicanos parece algo menor, parece menor también que considere que las mujeres no están intelectualmente preparadas o que los negros sean segregados porque estamos llegando a niveles de desigualdad económica que superan los del siglo XIX y ese es un terreno muy fértil para sembrar diferencias de pobres contra pobres.

El error fatal
La división en el interior del electorado demócrata aceitó el triunfo de Trump. Clinton y el ala más tradicional del partido fue capaz de robarle la elección a su contrincante, Bernie Sanders, que en principio uno pensaría que es una figura demasiado radical para el conservadurismo norteamericano pero que es una figura con una imagen coherente y sólida que podía llegara atraer electores en el momento en que la balanza tuviera que moverse hacia él o Trump porque compartían un rasgo fundamental: el proteccionismo económico. Pero en un contexto donde tengo que elegir entre ese proteccionismo y el estado actual de las cosas soy capaz de volcarme hacia el proyecto de dudoso respeto de los derechos humanos. Esta dinámica se parece a la que llevó a varios intendentes de Cambiemos a triunfar en varios distritos del conurbano cuando referentes más cercanos a la izquierda peronista les disputaron los tronos a los barones del conurbano: prefirieron quemar todo. Y así es como tenemos, por ejemplo, a Grindetti intendente de Lanús en lugar de a Julián Álvarez.

Lo que queda
Dado que la economía arrastra a todo lo demás y la desigualdad se incrementa a pasos agigantados no es sorpresa que cada vez nos alejemos más de una plena vigencia de los derechos humanos. El recrudecimiento de las derechas más recalcitrantes se viene sintiendo hace años en Europa, especialmente después de la crisis de 2008. El triunfo de Trump no es más que otro capítulo de una larga caída que sólo podrá amortiguar una distribución de la riqueza que permita a todos salir de la lógica caníbal. Esa lógica se empieza a instalar acá donde la derecha todavía tiene que camuflarse de progre para poder ganar. Con el endeudamiento, fuga de divisas, desplome de la industria empiezan a surgir voces que piden segregación, represión y ajuste como la única manera de frenar el desastre. Siempre dije que una vez que muchos desilusionados de Macri se dispusieran a elegir a otro candidato iban a volcarse a Massa. La diferencia entre ambos es que, a pesar de tener el mismo proyecto económico, Macri reprime sin un discurso abiertamente del odio mientras que Massa representa el entusiasmo abierto por las fuerzas de seguridad, la persecución del inmigrante y el control social por medio de la fuerza.
Acá también, aunque en menor medida, se sintió la crisis del resto del mundo y también nos arrastró hacia la derecha. Sin embargo, acá nos arrastró hacia ella más la pasión y la manipulación que un análisis racional de la realidad. El odio anti-yegua pudo posicionar a Macri unos puntos por delante de un candidato desangelado. Por eso es que hay que aprender a construir políticamente desde ese lugar también y no sólo quedarnos en el nucleo intelectual clasemediero que se han transformado muchos lugares de nuestro palo.
Mover la pasión también es hacer política.
Después de todo, hoy vimos que la grieta no es sólo argentina.

 

- Primavera -

Powered by OrdaSoft!