milani piscinaHace un par de días el Papa Francesco visitó la tumba de Don Lorenzo Milani en el pequeño caserío montano de Barbiana, situado en los Apeninos toscanos en las afueras de Florencia.

La visita, que tuvo lugar en ocasión de los cincuenta años de la muerte del cura Milani, revistió un carácter histórico, rico de significado político, a pocas horas de lo que los italianos llaman el examen de ‘maturità’, o bien una prueba a escala nacional que se realiza en quinto año y en conclusión de la escuela, indispensable para la consecución del título de educación secundaria.

¿Pero quién fue este personaje sepultado en el corazón de la Toscana?

Nacido en 1923 en el seno de una familia anticlerical, adinerada y bien insertada en los círculos intelectuales toscanos, en el año 1943 Lorenzo Milani decidió tomar los hábitos. Su espíritu crítico y rebelde, aunque profundamente apegado a las enseñanzas del Evangelio, lo llevaron a tener graves conflictos con la curia florentina al punto de ser desterrado, en el 1954, a la zona más remota del distrito, es decir el caserío de Barbiana.

Quizás pueda resultar difícil imaginar el verdadero significado de este castigo porque hoy Barbiana y la región geográfica en la que se encuentra, el Mugello, se presentan como una zona encantadora en la que, a pesar de no ser particularmente rica, reina un cierto bienestar general.

Sin embargo el cuadro que Don Milani presenció en los años cincuenta era muy distinto. El país contaba con 47 millones de habitantes, el 40% de los cuales eran campesinos. En lo que respecta a los niveles de instrucción había 7 millones de analfabetos; 13 millones tenían una alfabetización mínima, aunque no poseían ningún título de estudio, y 24 millones tenían sólo el título primario.

A pesar de que la década entre el 1950 y el 1960 representó el auge de la industrialización, o bien ese fenómeno llamado boom económico que sentaría las bases de la riqueza italiana hasta la crisis del 2008, las desigualdades de clase eran más que vivas siendo los campesinos el sector social más desposeído.

Don Milani fue desterrado a un lugar sin agua, sin luz y de difícil acceso. Un lugar de gente ruda, campesina y de montaña, gente sufrida y de pocas palabras. Los niños que se transformaban en hombres más rápidamente de lo que hubieran debido, obligados a trabajar por monedas en los campos, no podían aspirar a nada más que a esa misma vida de sacrificios. Por lo tanto los niveles de deserción escolar eran altísimos entre los sectores más carenciados.

Don Milani decidió fundar una escuela para esos chicos utilizando como aula la canónica de la iglesia de Barbiana. Se trataba de una escuela muy particular en donde el método pedagógico inventado por Lorenzo tenía como fin el aprendizaje y no la obtención de notas o un resultado escolar meramente enciclopédico. En el 1967, pocas semanas después de la prematura muerte de Lorenzo, fue publicada la “Carta a una profesora”, una obra escrita de manera colectiva por el cura y sus alumnos que fue una denuncia al sistema educativo oficial.

El punto de partida de esta suerte de manifiesto del método inventado por Lorenzo era la idea de que la escuela oficial era una institución clasista que expulsaba a los más pobres, en cuanto reproducía y consolidaba las desigualdades sociales e impedía mejorar la propia condición. En la Carta los chicos de Barbiana y Lorenzo intentan analizar, con datos en mano, las causas de la selección social al interno de la escuela. Descubren así que gran parte de los problemas están relacionados con la falta de estructuras adecuadas, una actitud de derrota frente a los problemas de los niños por parte de los docentes y la aceptación de la selección social como si se tratara de un hecho natural y no de un producto cultural. Con una frase sintética la Carta concluye que la escuela es como un hospital que cura a los sanos y expulsa a los enfermos.

Al fin de conquistar la igualdad en el ámbito escolar, los chicos de Barbiana propusieron en la Carta tres reformas fundamentales: no reprobar a los alumnos, porque las dificultades hay que resolverlas y no castigarlas; a los chicos que parecen tontos darles una escuela a tiempo pleno y a los que no tienen ganas darles un objetivo. El tiempo pleno significaba dar a quienes parten desfavorecidos el espacio y los medios para poder crecer intelectualmente al mismo nivel que los demás. Queda claro en la visión de Milani que el éxito escolar propugnado por el sistema educativo oficial no era una cuestión de mérito personal sino de medios y de condición social.

Extremadamente actual es también la discusión sobre la cuestión de las notas, que los chicos de Barbiana consideran inútiles en cuanto las notas monopolizan la atención y el interés de los estudiantes induciéndolos a estudiar solo para las evaluaciones, creando así una atmósfera de ansiedad y competición.

En cambio, en la escuelita de Barbiana el clima era otro. Antes de que el inglés fuera lengua franca hegemónica, mucho, muchísimo antes de la campaña electoral de Barack Obama, en la puerta del aulita sobresalía un cartelito blanco escrito en letras rojas con la frase “I care”. En inglés, porque para Don Milani los chicos tenían que aprender idiomas para conocer el mundo; “me importa” en clara contraposición a la intraducible frase fascista “me ne frego”.

En la escuelita a los pies de Monte Giovi los chicos se sentaban en círculo. Todos los días se leía el diario y se realizaban investigaciones en la biblioteca como método de estudio y de profundización de los temas cotidianos. Además, los chicos más grandes y expertos se encargaban de enseñarle a los más pequeños, transformando así la competición en colaboración y solidaridad. Don Milani eliminó cualquier tipo de castigo corporal, legal y muy en boga en la escuela por ese entonces.

Entre las cosas más conmovedoras realizadas en Barbiana se encuentra, a pocos metros de la entrada de la canónica, una pileta en material construida por los chicos mismos. Porque Don Milani sostenía que los montañeses no sabían nadar, y nadar es importante en la vida. Así fue que luego de meses de trabajo y dedicación, luego de muchos viajes a pie o en carreta para transportar el agua, luego de haber realizado con astucia un sistema casero de filtrado, los campesinitos de Barbiana aprendieron a nadar.

Además de enseñar la Constitución, Lorenzo promovía entre sus alumnos la desobediencia social como forma de resistencia y de emancipación de los últimos, ya sea a través de las huelgas como a través de la deserción del ejército.

Los ataques hacia Lorenzo Milani fueron naturalmente innumerables ya sea por parte del mundo eclesiástico que por parte del mundo laico. De hecho, su escrito a propósito de la objeción de conciencia le valió un proceso por apología de delito que decayó solamente a causa de su muerte.

Ni Juan XXIII ni Paolo VI ni la curia intervinieron jamás a su favor y por ello la reciente visita de Francisco a Barbiana sabe a mensaje político y a una restauración de la figura de Lorenzo que bien se conjuga con el abierto apoyo del pontífice a la experiencia encabezada por Milagro Sala en Argentina.

En Carta a una profesora sobresale una definición que sintetiza la perspectiva política y evangélica de Don Milani, una enseñanza de vida que vale la pena levantar como bandera en estos tiempos difíciles: “aprendí que el problema de los demás es igual al mío. Resolverlo todos juntos es política. Resolverlo solos es avaricia.” 

 

Cobra Verde

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